La
oración nos lleva a cooperar con lo que Dios ha resuelto llevar a cabo. Él
desea involucrar a los creyentes en el trabajo que está haciendo, tanto en el
mundo como en sus vidas. Pero la palabra “trabajo” es engañosa cuando se trata
de nuestra fe. A diferencia del afán que vemos en el mundo, lo que Dios desea
es que confiemos en Él (Jn 6.29), le entreguemos nuestras cargas, madure
nuestra relación con Él, y le permitamos que actúe a través de nosotros.
En
Juan 17.11, Jesús le pidió a Dios que protegiera a los discípulos por el poder
de su nombre. ¿Pensaba Él que podían perder su salvación o apartarse de su
compromiso? Claro que no. Jesús era Dios en carne humana. Él sabía exactamente
lo que iba a suceder, y cómo esos hombres darían a conocer el evangelio y
permanecerían fieles hasta la muerte. Pero Jesús estaba involucrándose en el
plan del Padre al interceder por ellos.
Dios,
por supuesto, puede construir su reino sin nuestra ayuda. Pero orar y trabajar
junto a nuestro Señor robustece nuestra fe en su poder.
Hablar
con el Dios todopoderoso es un privilegio. El Señor le ha creado a usted para
que lo ame, y para ser amado por Él. La oración es la manera como esa conexión
se nutre y se desarrolla. Nuestro Padre nos llama a comunicarnos con Él para
poder atraernos más cerca de su corazón, e involucrarnos en la edificación del
reino.