2 Crónicas 20.1-4
Todo el mundo enfrenta retos en la vida. Ya sea que nuestras luchas
tengan que ver con dinero, trabajo, relaciones interpersonales o salud,
podemos estar seguros de que nadie está exento de ellas. Por fortuna,
servimos a un Dios que está interesado en nuestros problemas, y que es
capaz de encargarse de ellos.
Cuando los problemas amenazan, la oración debe ser el primer paso.
Josafat, el rey de Judá, enfrentó un reto enorme. Tres tribus
diferentes —moabitas, amonitas y meunitas— le hicieron la guerra
simultáneamente. La mayoría de los líderes se habrían derrumbado bajo
una presión así, o al menos tomado medidas drásticas, pero Josafat era
un líder sabio. Aunque tenía temor, no se lanzó contra sus enemigos. En
vez de eso, “decidió consultar al SEÑOR” y proclamó un ayuno en todo el
país (2 Cr 20.1-3 NVI).
Es fácil pensar que nuestros problemas no son importantes a los ojos
de Dios, pero Él no lo ve así en absoluto. Lo que nos concierne a
nosotros le concierne a Él. Si nosotros, al igual que Josafat, acudimos
al Señor y proclamamos su poder, Él intervendrá. Y no importa cuán
grandes sean nuestros problemas, Dios es más grande.
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